Muchos hemos señalado similitudes entre las raíces y motivaciones de los votantes en las elecciones de Reino Unido, en junio pasado, de EU en noviembre y de México en 2018. No falta quienes vemos grandes semejanzas entre los Leave del brexit, los “indignados” o “deplorables” (dixit Hillary Clinton) de Donald Trump y los iracundos de López Obrador: una respuesta aberrante a problemas reales y parecidos. Ahora encuentro una semejanza adicional.

Parto de que los encuestadores en México y EU son sólidos y de buena fe, y que hoy enfrentan nuevos retos significativos. En México, durante los últimos tiempos (incluyendo las encuestas de salida el 5 de junio), se ha elevado el número de “rechazos”, alcanzando en muchos casos entre 30% y 50%.

No son personas que responden que no saben por quién votarían o que optan por no contestar esa pregunta del entrevistador. Son quienes le cierran la puerta cuando toca el timbre. Normalmente se sustituye al individuo seleccionado y recalcitrante con uno parecido o con uno 0 escogido aleatoriamente. Pero, además, en México hay otro 25-¬30% de quienes sí se someten al cuestionario, que entran en la categoría no sé/no responde.

Las empresas suelen suponer que estos dos universos distintos pueden asignarse de manera simétrica entre los posibles candidatos, ya que no hay mala fe por parte de quienes se niegan a la entrevista o a responder sobre su voto. Pero en muchos casos, no es cierto. En el 2000, el no sabe/no responde escondía un voto por Fox muy superior al reparto equitativo; en 2016¬-2018, creo que se trata de votantes pejistas embozados, por buenas o malas razones. De ser así, aguas con las sorpresas en 2018.

En EU sucede un poco lo mismo. Un buen número de republicanos, de 35-¬45 años, con alto nivel educativo y de ingreso, se niega a confesar su voto por Trump a los encuestadores. O bien responden que no saben, o que votarían por alguien más: les da vergüenza aceptar la posible perplejidad del encuestador: ¿cómo es posible que alguien como usted vote por ese barbaján? Pero ya en la soledad de la casilla, lo harán. Como sucedió con tantos electores blancos en los 80, a quienes les avergonzaba reconocer que jamás votarían por un candidato negro (el mejor ejemplo fue el de Tom Bradley en California), y al refugiarse detrás de la mampara, hacían justamente eso. Ya veremos.